Algarabía

Siempre que recuerdo aquel viaje Madrid-Málaga en pleno agosto, no puedo evitar volver a preguntarme: ¿cómo reaccionaria la gente si algo como lo que sucedió en aquel trayecto ocurriera aquí o en cualquier otro lugar del mundo? ¿Se lo tomarían con el mismo humor? ¿Se lo tomarían con otro humor? ¿Se lo tomarían sencillamente con humor?

Lo cierto es que no puedo inferirlo. Ni sería justo. Los estereotipos son la mayoría de las veces inmerecidos y otras no poco groseros. Pero aquel viaje Madrid-Málaga… Quisiera poder extrapolar en mi imaginación esa misma situación aquí, en Berlín, donde vivo hace ya casi diez años, pero me es imposible.

Una frase clave en mi educación fue: “comparar es de mal gusto”. Así que con esa instrucción y ya prevenida de las diferencias culturales a las que me iba a enfrentar, me vine a Alemania. De lo que nunca me podía haber hecho a la idea con antelación es de que, en ese proceso de adaptación e integración, algunas costumbres me iban a resultar sorprendentemente sencillas de adoptar; por algunos otros hábitos no podría pasar aunque quisiera (como el de comer pescado seco); y, curiosamente, en otras cuestiones me he quedado en un limbo.

De esta ciudad puedo decir muchísimas más cosas buenas que negativas, incluido que tiene una red de transporte urbano fantástica, por más que la quieran demoler a quejas. Y para qué negarlo, el ánimo contenido que aquí casi siempre se respira, y que aún siendo una ibérica entrada en rutina alemana no deja de sorprenderme, me ha permitido leer muchas novelas y transcribir muchos pensamientos.

Para mí, lo que había en aquel autobús camino a Málaga era un auténtico jaleo. Sin acritud. Por un lado, lo sentía familiar, tan familiar como un viaje de vuelta de una excursión con el instituto, en el que las hormonas y la agitación por la novedad y por alejarse del nido hacían gala. Pero, por otro, mi yo presente lo percibía como algo muy lejano, incluso como algo a lo que pertenecí en otra vida.

Mi novio y yo nos mirábamos en silencio mientras reconocíamos el uno en el otro un incipiente teutón. Nos asomaba, sin pretenderlo, un principio de alemanidad a través de nuestras pieles color aceituna. Un contraste como si nos hubieran yodado para hacernos unos Rayos X. Apabullados por el volumen y sin apenas poder oírnos el uno al otro, nos sentíamos torpes en ese contexto.

El quid de la cuestión es que aquí en Alemania parece que sigo usando megáfono para hablar y me cuesta entender lo que me dicen porque se comunican a un tono muy bajo de revoluciones para mi oído ibérico.

Lo dicho, estoy en un limbo. Un limbo cultural.

Volviendo al autobús.

Como hasta Despeñaperros el camino es una pura recta, el asunto que se estaba gestando desde que salimos de Madrid no dio ninguna señal. Nada hacía vaticinar una avería. Eso sí, fue tomar la primera curva del paso entre la meseta castellana y Andalucía, cuando cayó la primera tromba de agua. Por culpa de la recién descubierta rotura del aire acondicionado, por la que se había estado acumulando agua en el techo del autobús, los pasajeros del ala izquierda de la parte trasera se empaparon hasta las cejas. La primera cascada causó conmoción. Pero las siguientes, porque hubo unas cuantas más, provocaron un estado de creciente guasa. A cada nueva curva que tomábamos: ¡Plaf! – ¡Jajajaja!. Y así la secuencia se repitió varias veces.

El pasillo se inundaba, los pasajeros se empapaban, ¡y aquello se convirtió en una auténtica fiesta! Se desataron las risas y el jolgorio se fue contagiando entre los que estábamos alrededor, porque tras la sorpresa inicial, poco tardamos mi pareja y yo en reírnos a carcajadas de la situación junto al resto. ¡Echa un pelín de jabón y hacemos una fiesta de la espuma! – se oyó entre el gentío. Una chica sacrificó su jersey con el ánimo de frenar el aguacero y algo consiguió.

  • ¡Jefe! ¡Una cosilla! – se animó a vociferar uno de los afectados.

La alerta fue pasando de viajero en viajero hacia adelante, en cadena, hasta llegar al conductor. Cuando éste se dio finalmente por aludido, miró por el retrovisor y escudriñó el fondo.

  • ¿Qué hay? – Decían sus ojos, que era lo único que se veía en el espejo.
  • ¡Por aquí tenemos un problemilla!

Nuevamente, los pasajeros fueron los encargados de ir portando el mensaje.

  • ¡Vaya, vaya! Pues eso no lo vamos a poder ver hasta que no lleguemos a Guarromán. Ahora no puedo parar. La carretera por aquí es muy peligrosa. Lo siento. ¿Os podéis apañar por ahí?

El autobús iba lleno así que ninguno se podía cambiar de sitio. La única solución hasta llegar a la parada de descanso era resignarse ante el decantado ocasional y rogar por que se vaciara de una vez el compartimento de las maletas. Tendrían que aguantar -literalmente- el chaparrón.

“La calor” empezaba a apretar. A fin de cuentas, el aire acondicionado estaba roto. Las risas se fueron calmando y cada cual volvió a lo suyo.

El balanceo nos mecía y yo, como un bebé, me fui sumiendo en un dulce letargo. Apoyé mi cara en la ventanilla. Cerré los ojos y dejé que el sol del sur, ése que tanto echo de menos a veces, me acariciara.

Recuerdo la parada en Guarromán. El café y el bocata. El cigarrillo. La visita de rigor al baño. Pero ya no me acuerdo de si se pudo hacer algo con la avería. A partir de ahí debió ser un viaje de lo más normal porque no hay nada reseñable en mi memoria, ni siquiera haber pasado calor, así que probablemente se arregló.

Lo que sí tengo muy presente es la vuelta a Berlín a los pocos días de estar en Málaga. En realidad, tengo presentes todas y cada una de las despedidas de mis padres. Cada viaje de ida al aeropuerto y mis vanos intentos por guardar en la retina la belleza del paisaje y en mi piel todos sus abrazos. Todos esos “hasta la próxima” están clavaditos en mi corazón por la pena y muy levemente mitigados por el cargamento de chacinas que me traigo cada vez que les visito.

Y ahora mismo, sentada en un vagón de la línea 7 del metro de la capital alemana, me vuelve a la memoria esa jarana en el autobús de Madrid a Málaga. Me río para adentro. Aunque creo que se me debió escapar un poco hacia afuera porque un par de personas me miran raro. Trato de volver a mi lectura. Probablemente, les esté dando envidia la preciosa funda de mi libro electrónico, una pieza única de patchwork hecha a mano por mi madre. La acaricio. Sonrío con la vista algo borrosa por unas lágrimas que se me quieren escapar. Con toda esta maraña de recuerdos y nostalgias me está costando concentrarme en la lectura. ¡Maldita sea! Como ya dije, no es que el ambiente en el transporte público de esta ciudad no sea de auténtica biblioteca, pero la añoranza aparece de forma caprichosa y hoy está especialmente testaruda. Apago el libro. Me dedico a observar a la gente.

Definitivamente, ésto no tiene nada que ver con lo que estaba evocando hace un rato. Y cada vez, menos. En el transcurso de estos años, ha aumentado hasta llegar a ser alarmante la cantidad de personas desamparadas deambulando por los pasillos, recogiendo botellas, vendiendo el periódico de los sintecho, pidiendo dinero. Es una imagen devastadora. No me acostumbro a ello, no puedo. Hacerlo supondría que lo acepto, y nada más lejos.

Éste es otro tipo de goteo, constante y por ningún lado gracioso. En cada parada se baja uno y se sube otro. La gente no deja de mirar las pantallas de sus móviles. No sé sus motivos. A mí se me hace duro verlo una y otra vez y trato torpemente de volver a leer. Pero más duro debe ser para el que lo vive en sus propias carnes.

Soledad. Pobreza. Drogadicción. Abandono.

Vaya. Me puse demasiado triste. Yo que había empezado este trayecto en el metro recordando aquel viaje alegre. Aquella visita a mi tierra querida. Aquel calor mediterráneo. Aquellas risotadas sin filtro ni autocensura.

Es cierto, no hay que comparar. Pero quizás, y solo quizás, sea porque a veces cuesta encontrar motivos para reír y, en cualquier caso, si una los encuentra y suelta una carcajada aisladamente la pueden tachar de loca. Tiene que haber motivos para reír y ganas de contagiarse en el entorno. Simpatía y empatía.

Me resistía, pero al final saqué el móvil. Mi madre no me ha escrito aún preguntándome cómo me ha ido el día. Lo hace todos los días y todos los días le respondo “¡Muy bien!”, aunque en ocasiones, como hoy, no sea el caso. Los martes tiene clase de patchwork y por eso me escribe más tarde. Hoy tomaré yo la iniciativa. Le preguntaré qué tal les ha ido el día.

Me responde al par de minutos “¡Muy bien!”.

¡Son tantas las veces que siento que nos mentimos por no preocuparnos la una a la otra!

  • Mami, el cierre de la funda del libro se me está descosiendo. ¡No quiero que se caiga y se me pierda! – Icono de cara helada de miedo -.
  • ¿No le puedes dar tú unas puntaditas?
  • No me atrevo – Icono de carita sonriente con gota de sudor -. No quiero estropear tu magnífica obra.
  • Vale, cuando vengas la próxima vez te lo traes y lo arreglo. ¿Has sacado ya el vuelo?
  • ¡Síiii! Llego sobre las 11.
  • Dice tu padre que allí estaremos para recogerte.
  • ¡Qué ganas!
  • Ya queda poquito. Tu padre te ha comprado hoy atún.
  • ¡Pero si aún queda casi un mes para que vaya!
  • Ya sabes cómo es. Se empieza a agobiar y todo le parece poco. ¿Qué estás leyendo ahora? (Otro clásico de nuestras conversaciones)
  • Estoy a punto de acabar la novela que me recomendaste. La de la periodista …
  • Siiii… “En la balaustrada”. Me gustó mucho. ¡Qué final!
  • ¡No me cuentes nada!
  • Noooooo…
  • Venga, mami, ¡te dejo! Ya estoy a punto de llegar a casita.
  • Hasta mañanaaaaa
  • Buenas noooooches

A continuación, también de rigor, un intercambio atropellado de iconos de besitos, corazones, estrellas y tréboles de cuatro hojas.

Estoy a tres paradas de llegar a la mía. Aún puedo apurar unos minutos de lectura, aunque ahora estoy babeando pensando en el atún encebollado que me espera. Venga, va, que estoy deseando saber qué pasa al final con la protagonista.

Nächste Station: Neukölln. Llegué al final de mi trayecto. Según voy saliendo del tren, un muchacho apoyado en una esquina del vagón se lleva su botella de agua a la boca. Recibe un empujón accidental. La botella vuela. La causante le pide perdón inmediatamente. Las puertas del vagón se cierran tras de mí. Me quedo escudriñando al interior conforme el tren avanza, cada vez más rápido, hasta desaparecer de mi vista. Lástima. No alcancé a ver qué pasó tras desparramarse el agua.

* Próxima estación: Neukölln

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