La historia del medio mero

Ver a mi madre afanarse por limpiar sus manos con toallitas refrescantes y unos chorritos de limón me ha hecho sonreír. Nos hemos hincado los dos espetos de sardinas más generosos que han pasado por nuestras fauces esta semana en nuestra particular ruta de los chiringuitos. Estoy a unas horas de partir de vuelta a Alemania y daría lo que fuera porque no estuviera mal visto -u olido- llevar los dedos impregnados de escamas y leña, arena y aroma marinero. Odeté. Si por mí fuera, iría apestando Berlín con L’eau de sardine. De boquerón también me valdría. Es un olor igualmente intenso y pegajoso. Actualmente, muy de mi gusto. Serán las hormonas. De verdad, nunca me ha importado tan poquísimo estar pringada hasta la ceja de pescado. Que no, que no me lo quito. «No, gracias, mami, no quiero toallita».

Imagen de guillermo gavilla en Pixabay

Mi padre, espléndido donde los haya, no quiere que nos falte de nada durante estos días en familia. Él pide para siete, pero en realidad somos tres. Tenemos “alma” de familia numerosa. Quería decir “estómago”. Porque, aunque nos enfademos con él porque siempre pide más de lo que somos capaces de ingerir, no podemos permitir que sobre y se tire la comida. Nos duele. Antes, había unos gatos en el monte a los que les llevaba las sobras. Ahora, nos toca hipervitaminarnos. Así que me animo diciéndome: «tú de esto no comes en todo el año, conque a almacenar omega 3. Saborea y no te quejes, que tienes mucha suerte».

Pero después de las gambas, boquerones en adobo y la ensalada, así como los ya mencionados copiosos espetos que con tanta pasión paladeé, a sabiendas de que se venía el plato fuerte, me cabreé hacia dentro. Era el día de mi cumpleaños, no me apetecía montar la escenita típica de papácómotepasas. En cuanto llegara el gran plato, de la mitad que me correspondía (pues mi madre quedó absuelta por una tapa extra de rosada), yo partiría la mitad para encaramársela a mi padre directamente. “Tú lo pides, tú te lo comes”. Ése iba a ser su escarmiento.

Trazado ya el plan, tan solo me quedaba saborear la Victoria* y disfrutar del sonido de las olas revuelto en la brisa con el tintineo de unos vasos. ¿A qué tanto tenedor contra la copa? ¿Acaso va a hablar alguien de una vez? Los de la mesa de al lado están un poco pesaditos con tanto anuncio frustrado de discurso. ¿A que voy yo y digo algo? Tranquila. No te enfades. Respira el olor a salitre que esto se te acaba en breve. No merece la pena enfurruñarse por algo tan nimio y tan veraniego a la vez.

¡Ahí viene la bandeja! Atención. Cuchillo preparado.

[…]

Cuando me pusieron por delante el plato de pescado lo primero que hice fue cortar la mitad. Sin pensarlo. Sin compasión. Sin mirarlo. Realizada la cirugía, tocaba comerme “mi parte”.

Inesperadamente, tras el primer bocado, acudieron a mis ojos dos lagrimones como dos submarinos emergiendo de las profundidades del mar a toda potencia. Suerte que llevaba las gafas de sol. Mis padres ya saben de mi hipersensibilidad cuando estoy apunto de irme, así como de mis arrebatos de pena cuando cumplo años. No quería preocuparles innecesariamente. Pero es que la situación emocional se me estaba complicando mucho con ese trozo de pescado en mi boca y mis papilas explotando de gozo.

  • Papá, ¿qué pescado es éste? – dije con la voz temblona.
  • Mero.
  • ¿Es de roca? (¡Como si era de chumbera! ¡Calla y come, niña!- andaba pensando ésto, pero pregunté por aquello de mostrar interés y saber algo más de la historia de aquel pez que me había conquistado).
  • Si.
  • Sabe a que se ha jartao a gambas y pulpo.

Mi padre asintió sin dejar de comer.

Imagen de rmferreira en Pixabay

El temblequeo de labios me iba a delatar, así que opté por callarme y seguí cortando pequeños trozos que me iba llevando a la boca cada vez con menos disimulo de mi delirio. Y así fue cómo acabé con la mitad de mi mitad…

  • De la mar el mero y de la tierra el cordero. – Dijo con cierta sorna esta vez mi madre, que se había percatado de que había sucumbido.

¡Ay, cuánta sapiencia en los dichos populares!

Mi padre alargó sus cubiertos hacia mi plato para llevarse la media cabeza del mero que yo tenía. Él la degusta como nadie. Yo ya hacía un rato que había comenzado con la otra mitad, así que a tenedor trinchado no pudo llevarse más que, eso, la media cabeza.

Creo que en mi vida he limpiado a rechupeteos con tanto esmero las espinas de ningún pescado. Por más que miraba, allí no había quedado ni un trocito de carne.

A la luz de los resultados de mi plan, quedó claro que en el diseño de mi estrategia tenía que haber contado (y mucho) con el protagonista de esta historia.

Obnubilada por la situación, agarré mi caña y me fui a la mesa de al lado.

  • ¡Estimados comensales! ¡Alcen sus copas conmigo! Yo sí que tengo unas palabras que decir.

Querido Medio Mero,


Lo admito. No estaba preparada para tu sabor ni para el torrente de sensaciones que ibas a provocar, no solo en mi paladar. Agradecida me hallo y ante la gloria de tu chicha me rindo.

Que acuda la sal de mis lágrimas cuando a Neptuno así se le antoje, que yo me las beberé con tal de evocarte tantas veces como pueda.
¡Oh, medio mero!
Que quede por siempre en mi tu esencia.

Tuya soy.

Cuando el camarero se acercó a retirar los platos y preguntó amablemente qué tal estaba todo, con la emoción ya desatada, señalé la bandeja vacía y mis ojos empañados y contesté:

  • ¡Me ha sabido a gloria bendita! Es que, sabe usted, vivo en Alemania…

A lo que el camarero rebosante de empatía contestó:

  • ¡Ostia! Lo entiendo. Yo viví en Frankfurt, luego en Munich…

* Cerveza Victoria “Malagueña y exquisita”.

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