La tonta «el boli»

Provoco compasión, estoy segura. Es una estrategia inconsciente pero muy pulida que me permite acabar llevándome el bolígrafo. Tu bolígrafo. Como me encapriche con él, te lo quito. No. Mejor aún. Me lo das por propia voluntad. Una voluntad al servicio de mi incontenible, y sorprendente hasta para mí, poder de persuasión.

¡Ay! ¡Pero qué bien escribe! – Digo con los ojos cargados de ternura, alzando el sencillo pero divino artilugio de escritura. Éste es irreemplazable, inmejorable y fundamental para desarrollar mis ideas, plasmar mis recuerdos y trazar mis sueños. Tiene que ser éste. ¿No ves la pasión que suscita en mí? ¿Me vas a dejar sin él?

Yo es que escribo mucho, ¿sabe usted? Siempre llevo mi libreta conmigo. Me encanta escribir sobre papel. Con el ordenador… pues no es lo mismo. Yo necesito recrearme en el dibujo de las letras, cuidar la composición de las palabras y anotar todo lo que se venga la mente de forma alocada, desordenada, con sus tachones, retorcidas flechas y puntos suspensivos de distintos tamaños. Eso, al fin y al cabo, también transmite algo. Mucho.

Imagen de Beate Münchenbach en Pixabay

¡Claro que fantaseo con tener una máquina de escribir! Sí, sí. También uso la grabadora del móvil y la aplicación del bloc de notas. Pero cuando un bolígrafo se desliza sobre la hoja en blanco con tanta desenvoltura, presumiendo de libertad y dejándose llevar tan bien a la vez ¡es un delirio! Me derrito en cada delineado y me entremezclo con la tinta. Me excito con cada tilde que trazo y cada coma que pinto. Con las fogosas comillas y los círculos flemáticos que remarcan algo tan importante y fugaz.

Pero, ¿cómo no me lo vas a dar? ¡Con la de cosas que tengo que escribir! ¿Me vas a dejar sin acabar este capítulo? ¿Éste en el que voy a contar que hoy traje a casa un boli nuevo? ¿El niño bonito de la redacción?

Tú no lo sabes. Pero será un bolígrafo que acabará apretujado en el portalápices, junto a otros veintiocho o treinta y seis más, tan imprescindibles e inmejorables en su momento como lo es él ahora. En definitiva, no estará solo. Ni yo tampoco. Porque cada día los miraré a todos y pensaré – creeré a ciencia cierta- que me acompañarán a todos lados, pasarán conmigo mucho tiempo en las mesas de todos los cafés en los que me siento a desvariar, que agotaré la tinta de todos ellos y que uno por uno irán pereciendo dejando un rastro creativo a su paso por las hojas de mis quince o veintidós libretas en blanco.

Los atesoro. Ninguno es mío y todos lo son. Me he hecho dueña de su destino y ahora la situación me puede. ¿Qué voy a hacer con todos ellos? ¡Merecen un buen final! ¡A la altura de su gracia al escribir! ¡No los puedo abandonar!

No se quejan y ninguno pretende llamar mi atención por encima del otro. Todos esperan pacientes, confiados en que les llegará su momento. Agarro uno, lo intento. No, con éste no están saliendo las ideas como yo las tenía en la cabeza. Lo intercambio. ¿De dónde me llevé éste? ¿Quién me lo dio? ¿Quién sucumbió a mis encantos de escritora de chichinabo?

Agarro otro. ¡Pero qué mal pintas! ¿Se puede saber qué haces en mi colección? Mi riña va inmediatamente acompañada de culpabilidad. Probablemente ha empezado a secarse su tinta. Lo dejaste tanto tiempo abandonado a su suerte que se está marchitando.

¡Acabaré teniendo una plantación de bolígrafos estériles! Después, también secas, se caerán amarilleando el paisaje del cuarto las hojas de mis cuadernos. Y así llegará el otoño de la redacción. Se acortarán los diarios. Nos prepararemos para invernar.

Pero las ideas seguirán revoloteando y pegándome picotazos, deseosas de libar tinta. Que aunque sean más de negra, la azul también les vale, menos mal. Así que, aunque todo esté congelado, habrá que ir a buscar y darles alimento, porque si no se pondrán muy testarudas.

Lo tengo que hacer yo.

Que para eso son mías.

Voy a por un portalápices más grande.

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