Miedo a volar

  • Es que tengo los oídos muy sensibles.

Así intento yo «colocarle» una justificación creíble al chico que tengo sentado al lado y al que le ha asustado más mi grito que la turbulencia que nos acaba de sacudir.

No es que niegue mi fobia, es que le intento dar una explicación razonable. Que seré artista, pero tengo el bachillerato de ciencias puras en mi haber. Tiene que haber alguna razón plausible para esto porque es una auténtica contrariedad tener aerofobia y ser emigrante.

Aerofobia… con ese nombre ¿quién quiere tenerla? Suena flatulente. (Tampoco es que haya alguna palabra compuesta con fobia que suene agradable).

Imagen de Nikhil Kurian en Pixabay

El miedo. ¿Qué decir de él? Te come la vida. Si el temor a una amenaza real te puede salvar, el pánico ante un peligro imaginario, te condena.

Tener miedo a volar es una faena, y si le sumas que vives lejos de la familia, es una faena de dimensiones colosales.

Recuerdo algún que otro contratiempo leve en algún que otro vuelo salpicado. Leve del tipo 0,00000001 en la escala Richter de los contratiempos. Los peores: sensación de derrape en una pista de aterrizaje inundada por una lluvia feroz, un despegue casi vertical a lo nave del espacio, bebés llorando desconsoladamente por el dolor de oídos. ¡Qué importante cuidar los oídos! Recuerdo un vuelo en el que se me taponaron de una manera terrible. Sufrí muchísimo dolor. La azafata no sabía qué darme. Lo pasé francamente mal.

Si. Tiene que ser eso, los oídos.

Querida comunidad científica, miren a ver, que yo creo que alguna relación puede que exista. Nos ayudaría mucho a ¡1 de cada 3 personas! ¡Una de cada tres personas sufre aerofobia! ¡Qué cruel ventosidad! Cuesco pienso en estas cifras y analizo a la gente que está a mi alrededor en el avión me doy cuenta: ¡qué discreción la suya! ¡Qué mesura! Yo, que me voy a poner a gritar en cuanto se despeguen las ruedas del suelo.

Si es que es pensarlo y me suda el bigote. Ése primer latigazo y posterior acelerón que son segundos y a mí me parecen horas. Ése preciso instante en el que la nave levanta el morro y deja de tocar el suelo. La máxima potencia contenida toda ella en mis tímpanos. Que si luego pasado todo el ascenso el avión se estabiliza, vale. Harta de pasiflora, melisa y valeriana lo llevo medio bien. ¿Pero y si tenemos vientos caprichosos? ¿Que si pa’ arriba y pa’ abajo? ¿Que si pa’ un lado que si pal otro? Vuelvo a mirar alrededor sobrecogida. ¿Y qué me encuentro? ¡La gente viendo películas, comiendo, leyendo! ¡Los hay hasta que se ríen! ¡Como si nada pasara! ¡Insensatos!

Fuente: Pixabay

Y digo yo, ¿la persona que conduce esto no podría tirar por otro lado? ¿Uno más tranquilito?

  • No tiene de qué preocuparse, señora, las turbulencias son lo más normal. No pasa nada. El avión está preparado para esto y más.
  • ¿Más? O sea, ¿que podría ser aún peor?

Las decenas de vídeos que veo antes y después de los embarques y desembarques, lo confirman. Tengo un interés algo morboso (y para nada comprensible) en ver aterrizajes extremos, vuelos con turbulencias de grado noscuántos, despegues frustrados… El corazón se me desboca tanto como si estuviera metida en ese avión. Pero ahí que sigo yo devorando imágenes siniestras (AKA vuelos comerciales normales y corrientes con finales felices).

Las leyes de la aerodinámica, los datos fieles de lo seguro que es ir en avión, viajar, volar entre las nubes, pura poesía… todo está ahí. Todo juega a nuestro favor, hasta el viento, aunque no siempre sea de cola.

Si hiciera honor a mi nombre, no debería temer desplegar las alas y alzar el vuelo. El aire sería mi entorno natural y surcar los cielos sería mi medio de convivir con él. Entendería el comportamiento de sus corrientes y lo utilizaría a mi favor para planear, ir más rápido cuando fuera necesario, ascender y descender con la mayor de las precisiones. Recogería mis patitas para no ejercer resistencia al viento y afilaría el pico para atravesarlo. Puede que tuviera una vida más simplona, recurrente y aburrida, pero no tendría miedo a volar.

Antes, soñaba que volaba. En ningún momento fueron sueños ingratos, todo lo contrario. Sentía ligereza, casi ingravidez. Me sentía alegre y dispuesta a sobrevolar los tejados en busca de un rincón amable donde reposar y atusar mis inexistentes plumas tras el periplo.

Dejar de soñar con volar es dejar de ser niña. Me abandonó la inocencia y, con ella, el recuerdo de que un día fui libre.


Fuente: Pixabay

Hoy rugen los motores. Ahora todo es inquietante y volver arriba un desafío. Dejé hace tiempo “Nunca Jamás” y me olvidé de quién fui.

La sobrecargo nos pide que pongamos nuestros dispositivos en “modo avión”. ¡Ay! ¡Si yo tuviera un botoncito así también! Me desconectaría. ¡Puff! Hasta nuevo aviso. Evitaría interferencias. Tan recurrentes y molestas. Tan desacertadas e inoportunas. Déjenme volar, hagan el favor, que ya en tierra volveré a la pesarosa rutina. Déjenme disfrutar de esta liviandad a bordo de la nave.

¿Quién pudiera?

Ay, doctora. Póngame un botón de esos.


Por acabar con algo bello. Os dejo con las que yo considero dos de las mejores voces que ha parío Spain en los últimos tiempos. Esta canción es una delicia, ¡qué gran compositor eres, Kanka! Volar, no volaré, pero con esta canción… casi, casi. Y no me da miedo.

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