Sobre el acto de volar, otras mecánicas que no entiendo y algunas cosas que no sé

Se tuvo que quedar muy a gusto Sócrates diciendo aquello de “solo sé que no sé nada”. Él llegaría a esa conclusión tras mucho pensar y reflexionar, con los dedos del puño marcado en la frente después de arduos y largos procesos mentales. ¡Todo para acabar constatando que no sabía nada!

Probablemente ni alcanzó a vislumbrar la gran frase conformista que le iba a donar a la humanidad. Yo sé nada. Cuántas bocas se habrán ensuciado usando el ya dicho popular sin apenas darle una vuelta al pensamiento. Ni un mísero giro de un par de grados. ¡Ah, no sé! Prefiero no saber. Y allá que va con su venda.

Salí muy cansada del Technisches Museum de Berlín. No tanto por las horas que pasé allí recorriendo plantas, pasillos y salas, parándome a analizar cada una de las cosas expuestas que captaba mi atención. Mi cerebro acabó agotado sintiendo el peso de todo lo mucho, muchísimo, que ha tenido que maquinar el ser humano, para equivocarse una y otra vez hasta llegar a diseñar con éxito todos aquellos inventos. Un barco, un microscopio, televisores, el teléfono, un tren… cualquier artefacto, utensilio, bártulo y máquina que hoy por hoy damos tan por hecho, es el fruto de una mente inquieta, quizás también de alguna casualidad, pero en cualquier caso de no pocos planteamientos, cálculos, intentos, pruebas, fracasos, y más y más razonamientos. Mis dendritas echaban fuego solo con imaginarlo. Tocadiscos, los textiles, computadoras, la primera emisión radiada desde Berlín… A mí todas y cada una de estas invenciones me parecen milagros.

Justo cuando iba valorando esto y pese al cansancio mental heredado de siglos y siglos de elucubraciones, pensé: ¿Queda algo por inventar? Al día siguiente, la humanidad pudo ver por primera vez la fotografía de un agujero negro gracias a un telescopio múltiple y al algoritmo de Katie Bouman.

Perdí la entrada al museo. No quedó nada físico que acreditara mi paso por aquel imponente lugar. Solo fotografías de pésima calidad en mi teléfono. Fotos que dijeron irse a una nube. Pero como rara vez vuelvo a ver esas fotos, a mí la nube se me antoja uno se esos agujeros negros, uno que traga megas de imágenes, audios, textos y descargas varias.

Pero pongamos que se trata de una nube y que se comporta como tal. Ahí está ella flotando, cargada de información. ¿Y si un día le da por llover? ¿Y si llega el punto de condensación y todo lo que hay en ella precipita? ¿Lloverán a pedacitos los terabites de datos? Un ojo, un hocico de perro, el final de una frase de Coelho. ¿Se quedarán esparcidos en charcos de collages que iremos saltando para no empaparnos de confusos testimonios ajenos?

Temo el día en que la nube se vuelva del amenazante gris plomizo que anticipa el chaparrón y lluevan trozos de forma completamente aleatoria y desordenada, y ya nada vuelva a tener la forma que tuvo. Ese día en que un trozo de estatua de Beethoven tenga cabeza de gato sobre un fondo oceánico. El mundo cambiará de aspecto, bañado por el estallido de la tormenta en gotas de likes, logos y pestañas. Se formarán lodos de selfies. Verás un horizonte pedregoso con un fragmento de tu culo en el espejo.

Assange ha sido detenido.

Nota sobre las fotografías: me centré en inventos y máquinas de los años 20. Por causas obvias. El museo da para visitarlo varias veces, muchas.

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