Tierpark – Cruce de caminos

El precio a pagar por ser una persona sensible es muchas veces demasiado alto. Por eso elijo la soledad tan a menudo. Estaría, si pudiera, fumando y tomando café continuamente. Escribiendo entre sorbo y calada, y en los descansos, querría que estuvieras aquí conmigo para dar un paseo en barca. Tú y solo tú.

En lugar de eso, camino sola, pienso a ratos y escribo a traspiés. Hoy, por un lugar salpicado de parejas jubiladas, ciclistas demasiado veloces, perros que no ladran y un sol entrecortado por la espesura del bosque que descompone en piezas mi visión, como en un caleidoscopio. Curiosamente, los días nublados te brindan su nitidez.

El Tierpark, colmado de paz y cantos volátiles, fue testigo hace cien años de los asesinatos de Karl Liebneck y Rosa Luxemburg.

Reposo. Dejo que el calor venga a mis riñones. Y una taza de café a mi boca, al fin. El protocolo de liar el cigarrillo me es tan familiar que ya puedo posar la vista en otras cosas. Ahí viene un gorrión alertado por lo que enrollo entre mis dedos. Sus patitas en mi mesa. Cabecilla agitada, vista fija. Alza finalmente el vuelo con pequeños y enérgicos aleteos que acompañan un canturreo que me recrimina no haber tenido para él ni un pedacito de galleta que llevarse al pico. – «¡Lo siento!». ¿Me entenderá? ¿Le bastará mi sentimiento de culpa?

¡Qué bonito todo y qué principio de alergia! Un hormigueo se cuela por mi aleta derecha, atraviesa el conducto adquiriendo intensidad hasta llegar a ser un pinchazo en el lacrimal. Se me salta una lágrima. Solo una. Hoy ya no tengo más. Estallan en risotadas las tres rubias de la mesa contigua. El estornudo se quedó a medio camino. Recuerdo lo que un día sucedió en Granada.

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